Morir en octubre
Ver poema de Toño Kadima
Amanece el 5 de octubre de 1974. La DINA está sobre una pista segura
para llegar a Miguel. Otras le habían fallado. Por ejemplo, detecta que Javiera,
de 5 años, hija de Miguel, vive con su tía, Ana Pizarro, y sus tres hijos.
Supone -con razón- que por esa vía existe un vínculo con Miguel. La DINA
pierde la paciencia y amenaza de muerte a Ana Pizarro y sus hijos, que se
asilan en la embajada de Francia. Pero antes Miguel manda a buscar a su hija.
En una carta le dice a su ex cuñada que quiere tener a Javiera por un tiempo
porque está seguro que va a morir.
La DINA ya sabe que Miguel vive en la zona sur de Santiago, en un cuadrante
enmarcado por Santa Rosa, Gran Avenida, Departamental y Callejón Lo Ovalle.
Los esbirros de Krasnoff, capitaneados por Osvaldo Romo que olisquea sangre,"peinan" esa área. Llevan algunos de los presos torturados para que reconozcan
calles, ruidos, olores. Pasan algunos días en esa tarea de rastrear las huellas
todavía invisibles de Miguel. Buscan una Renoleta roja y una joven señora
embarazada. Van en tres vehículos y llevan armas largas por si acaso. Se
detienen a preguntar en almacenes y talleres, interrogan a niños y mujeres,
carteros, revisores de medidores de luz y agua, recogedores de basura, etc.
Está clareando y en la casa de Santa Fe 725, todos duermen: Miguel,
Carmen, Humberto Sotomayor y José Bordas Paz (31 años, encargado de la Fuerza
Central, rama armada del MIR).
El grupo conversó hasta tarde. Quedaron de acuerdo en que al día siguiente,
5 de octubre, Carmen buscará una casa de emergencia. El instinto les decía
que la seguridad del escondite se había resquebrajado, sobre todo después
del enfrentamiento a tiros en la Avenida Grecia. Miguel había hecho algunas
reuniones en la casa con compañeros que presumiblemente ahora estaban presos.
Aunque se habían observado las reglas de la clandestinidad, no se podía descartar
que alguno se hubiese dado cuenta del barrio y la calle donde los habían
llevado a ciegas. Se iban también a cumplir diez meses viviendo en la misma
casa y las normas de clandestinidad prohibían una permanencia tan larga en
un mismo lugar. Dos semanas antes, Miguel arregló el asilo en la embajada
de Italia de las pequeñas Javiera y Camila, que entraron en la misión diplomática
en la cajuela del automóvil del encargado de negocios. Por último, Miguel
había aceptado reducir el ritmo de su trabajo y replegarse a un lugar fuera
de Santiago. Una amiga de Carmen, Cecilia Jarpa, se haría cargo de comprar
una parcela en Macul. Pero Carmen la llamó el día anterior para entregarle
el dinero y el tono y forma de sus respuestas, hicieron a Miguel deducir
que Cecilia Jarpa ya estaba en manos de la DINA. Estaba claro que el cerco
se estrechaba.
En la mañana del 5 de octubre Carmen Castillo salió a buscar una casa
para mudarse ese mismo día. Miguel, Sotomayor y José Bordas también salieron
de Santa Fe 725 . Acordaron volver a encontrarse en la casa a las tres de
la tarde. Sin embargo, Carmen volvió cerca de la una. Encontró a Miguel y
a los otros dos compañeros quemando papeles, con las armas a la mano y en
estado de enorme tensión. Habían detectado tres autos sospechosos que rondaban
el barrio y que habían pasado ya dos veces, lentamente, observando la casa.
Están seguros que es la DINA y que deben estar tendiendo el cerco. Rápidamente
terminaron de recoger en dos bolsos lo más importante. Cuando Miguel y Carmen
salían al patio donde estaba la Renoleta roja, se produjo el primer ataque
de la DINA. Ellos se replegaron al interior de la casa y comenzaron a responder
el fuego junto con Sotomayor y Bordas.
El primer cerco no fue muy efectivo. No habían llegado aún suficientes
refuerzos. En los primeros momentos Humberto Sotomayor y José Bordas lograron
escapar. A uno lo vio Anita, la vecina, saltar al patio de su casa y de ahí
a la calle San Francisco; el otro huyó en dirección a Varas Mena, una calle
paralela al sur de Santa Fe. (Sotomayor se asiló después en la embajada de
Italia y José Bordas fue emboscado por el SIFA el 5 de diciembre. Cayó herido
y murió dos días después en el hospital de la FACH, donde fue torturado).
Carmen Castillo fue herida en el interior de la casa. A ratos perdía
la conciencia mientras proseguía el tiroteo sostenido por Miguel. Recuerda
haberlo oido gritar: "Hay una mujer embarazada, respeten su vida".
El Informe Rettig dice: "La casa donde se ocultaba Miguel Enríquez,
fue rodeada por un nutrido contingente de agentes de seguridad, el que incluía
una tanqueta y un helicóptero, quienes comenzaron a disparar. Entre los ocupantes
del inmueble se encontraba una mujer embarazada que resultó herida. Miguel
Enríquez cayó en el enfrentamiento recibiendo, según el protocolo de autopsia,
diez impactos de bala que le causaron la muerte".
Anita, la vecina de Miguel, no sabe cuánto duró el tiroteo; tampoco
su hijo, Rolo. Pero les pareció eterno. En su casa estaba otro muchacho,
compañero de Rolo, ambos se encontraban en el patio cuando se inició el asalto
a la casa vecina. Se agazaparon y vieron saltar el muro al mirista que huyó
hacia la calle San Francisco. Anita y la niña, Valentina, permanecieron tiradas
en el piso de la casa. Recuerdan el ruido ensordecedor de los disparos, el
helicóptero sobrevolando, los altavoces de Carabineros ordenando al vecindario
permanecer en sus casas. Cuando cesaron los tiros vieron en la calle Santa
Fe a muchos civiles armados, carabineros, soldados, la tanqueta y muchos
vehículos. Más tarde cuando sacaban a Carmen Castillo herida (creyeron que
iba muerta) y luego el cadáver de Miguel Enríquez.
Miguel no se rindió. Una de las diez balas le perforó el cráneo. Su
cuerpo lo encontraron en el patio donde se había parapetado para disparar,
mientras intentaba saltar a la casa trasera.
La noticia de la muerte de Miguel, que se divulgó esa noche, causó
un impacto doloroso en el pueblo. Saber que Miguel estaba en la clandestinidad,
intentando reorganizar las fuerzas, fortalecía muchas esperanzas.
La DINA lo celebró mofándose de los presos en el recinto de José Domingo
Cañas, donde había trasladado su infierno de torturas. La casa de la calle
Santa Fe 725 la ocupó la DINA durante dos meses. Algunos vecinos dicen que
allí se hacían fiestas y que los oficiales se emborrachaban y gritaban como
locos. Más tarde vivió un microbusero, pariente de un agente de la DINA,
y luego volvió el antiguo propietario, el camionero. Cada 5 de octubre, desde
1990, sus moradores se refugian en el interior de la casa cuando un grupo
de familiares y ex miristas realizan en la calle un acto recordatorio, encienden
velas, se acercan a mirar el patio interior y tocan con emocionada reverencia
las perforaciones de balas en los portones de la casa donde Miguel vivió
su último día
(Papo)