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La lucha por la sobrevivencia durante la dictadura en esta combativa población
Hasta La Victoria siempre

Mario Amorós

Ver también:
50 años de lucha... Población La Victoria

Precisiones previas

En Chile se conoce como poblaciones a los barrios pobres que rodean las grandes ciudades. Las poblaciones suelen surgir de una toma de terrenos por parte de decenas o centenares de personas. Sus casas tienen una estructura muy endeble ya que se construyen casi siempre con maderas, chapas... En este trabajo (realizado en agosto de 1999 para mis cursos de Doctorado) quise conocer cómo se organizaron las mujeres de La Victoria para afrontar los efectos antisociales de las políticas neoliberales desarrolladas por la junta militar encabezada por Pinochet, asesorada en esta materia por los inefables “Chicago Boys” (Friedman, Harberger...).

En primer lugar, me puse en contacto con Jesús Rodríguez, sacerdote gallego entonces párroco de La Victoria, que lleva 40 años en poblaciones de Santiago de Chile. El padre Jesús me facilitó el contacto con ocho mujeres de la población, que aceptaron con amabilidad responder a mis preguntas en el transcurso de entrevistas personales.
El objetivo de este trabajo es hacer un ejercicio de historia oral, dar la voz a estas mujeres, escuchar y conocer su participación y sus experiencias en la lucha común y solidaria por asegurar la alimentación de sus familias en un tiempo muy difícil y en el marco de la Resistencia contra el fascismo. No pretendo, pues, escribir una historia política de la dictadura pinochetista. Apenas he introducido datos y sólo menciono los hechos históricos necesarios para comprender las palabras de estas mujeres, que reproduzco de forma textual.

Este trabajo fue escrito en el invierno austral de 1999, en las oficinas del Instituto Alejandro Lipschutz (ICAL) de Santiago de Chile donde mis camaradas Óscar Azócar y Julio Ugas me acogieron fraternalmente.

Una de las primeras tomas de América Latina

La población La Victoria cumplirá 42 años el próximo 30 de octubre. Los pobladores que tomaron el terreno, situado al sur de la comuna de Santiago Centro (entonces pertenecía a la comuna de San Miguel, hoy pertenece a la de Pedro Aguirre Cerda), provenían de los bordes del Zanjón de la Aguada. En aquellos años miles de familias vivían apretujadas en un lacerante cordón de poblaciones callampas que se extendían por la periferia de la capital chilena.

A mediados de octubre de 1957 un incendio afectó a más de treinta familias y dejó alrededor de doscientos damnificados, por lo que se agravaron los problemas de los habitantes del Zanjón. Entonces, se formó un Comando de Damnificados, pero los pobladores empezaron a pensar en ocupar unos terrenos y construir sus casas.

El 26 de octubre otro incendio dejó sin refugio a más de 200 familias, que en su mayoría tuvieron que dormir a la intemperie. Al día siguiente se celebró un cabildo abierto en el Zanjón, al que asistieron el alcalde de la comuna de San Miguel, el diputado socialista Mario Palestro, tres concejales del Frente de Acción Popular (coalición de izquierdas liderada por comunistas y socialistas) y representantes del Hogar de Cristo, organización católica de caridad.

En la madrugada del 30 de octubre de 1957 cerca de ocho mil personas (más de dos mil familias) marchaban con sigilo hacia la esperanza de la vivienda digna. Las ruedas de los carros habían sido forradas con trapos para que no hicieran ruido ya que temían ser descubiertos por la policía. En estos carros, en bicicleta o a pie los pobladores llevaban los enseres que podían cargar.

El fundo La Feria estaba cubierta de maleza. Las primeras familias que llegaron allí provenían del Zanjón de la Aguada, otras del Monte Carmelo, otras de La Legua y otras de la población Germán Riesco. La policía cercó el lugar para impedir que llegaran más pobladores. Se produjeron algunos enfrentamientos y nadie se atrevió a salir del terreno por temor a no poder retornar. Entonces, cientos de modestas tiendas de campaña brotaron entre la maleza y las banderas chilenas ondearon en el terreno. Un bebé y una anciana murieron de frío.

El cardenal José María Caro logró comprometer al presidente Carlos Ibáñez del Campo para que suspendiera el desalojo y se autorizó al Hogar de Cristo para construir viviendas. Los carabineros levantaron el asedio y por fin los pobladores pudieron introducir sábanas, alimentos, maderas y colchones.

El 1 de noviembre el Gobierno aceptó el sistema de autoconstrucción y los pobladores se comprometieron a que la toma no se extendería a otros terrenos. Aquel mismo día los pobladores bautizaron su población con el hermoso nombre de La Victoria. Entonces no imaginaban que con los años dicho nombre simbolizaría la lucha del pueblo chileno por recuperar la democracia y la libertad arrebatadas por los militares traidores.

Pocos días después, tras una gira por el sur del país, llegó a La Victoria Salvador Allende, el candidato presidencial del FRAP para las elecciones de 1958 (entonces perdió por apenas 30.000 votos). Miles de pobladores escucharon sus palabras de solidaridad: “Es una lección para el país, una lección de dignidad, esta lucha por una vivienda digna...”, afirmó Allende (1).

Durante los mil días de gobierno de Salvador Allende (1970-1973), La Victoria, como la mayoría de las otras poblaciones chilenas, apoyaron el intento de construir el socialismo en un marco de “democracia, pluralismo y libertad”, en palabras del compañero Presidente.

Muchos pobladores no militaban en los partidos de izquierda, pero se sentían y se consideraban “allendistas”. No en vano la Unidad Popular repartió de manera gratuita medio litro de leche entre todos los niños chilenos (por primera vez los niños de las poblaciones pudieron tomar leche), aumentó los salarios de los trabajadores, mejoró de manera sustancial la sanidad y la educación públicas... En aquellos años nacieron poblaciones con nombres como Asalto al Moncada, Vietnam Heroico, Nueva La Habana, Ernesto Che Guevara... Sólo en 1970 hubo 220 tomas de terreno en todo Chile. Además, en abril de 1970 se celebró el Primer Congreso de Pobladores Sin Casa.

Los comedores de la Iglesia

Tras el golpe de estado militar del 11 de septiembre de 1973 que desencadenó la persecución de las organizaciones políticas y sindicales de izquierda, la dictadura del general Augusto Pinochet empezó a aplicar una política económica neoliberal que se caraceterizó por el aumento de los precios, el descenso de los salarios, la disminución del gasto público, la devaluación de la moneda, las privatizaciones, el fin del reparto de leche y alimentos a los niños...

Los habitantes de las humildes poblaciones fueron los más afectados por la imposición a sangre y fuego del modelo neoliberal. En los dos primeros años de la dictadura militar, el PIB chileno disminuyó un 12,9% y en los tres primeros años el desempleo ascendió al 16,8% (2).

Si bien durante los dos últimos años del gobierno de la Unidad Popular la estrategia de la oposición y del imperialismo norteamericano había provocado un grave desabastecimiento de productos en las grandes ciudades y la aparición del mercado negro, “todos teníamos para comprar. Después llegó la dictadura, había de todo en los supermercados y nadie de nosotros podíamos comprar”, explica Lina Brisso, pobladora de La Victoria.

De hecho, en 1977 dos investigadores, Dominique Labbé y Arturo Montes, llegaron a la siguiente conclusión: “En la hipótesis más optimista, habría que admitir que los hogares asalariados disponen hoy de un poder de compra que es la mitad de aquél de hace tres años. En la hipótesis más probable, el ingreso real de más de la mitad de la población fue reducido en tres tercios”.

Además, el salario mínimo fue fijado en 431 pesos mensuales, cantidad con la que apenas se podía comprar un tarro de un kilo de café, un tarro de leche en polvo y un kilo de mantequilla. Por tanto, puede imaginarse el tipo de vida al que la dictadura condenó a millones de familias chilenas.

Pese a ello, el economista Milton Friedman no tuvo reparos en afirmar, en 1979, que “la reconstrucción de la economía chilena será considerada como uno de los milagros económicos del siglo veinte” (3).

La Iglesia Católica, al igual que otras confesiones, como los luteranos, jugó un papel esencial en la defensa de los derechos humanos (aunque la jerarquía nunca condenó el golpe de estado) y también apoyó la lucha por la sobrevivencia de los más pobres, como fue el caso de la población La Victoria, donde organizó comedores.

“Yo participé en los comedores. Pertenecían a la Iglesia. La situación fue bastante grave. Muchas mujeres llegamos a la iglesia y tuvimos que trabajar en los comedores, teníamos que ir a la vega (mercado) a pedir las verduras, y otras veces a la carnicería. También había una ayuda extranjera de alimentos no perecibles: harina, aceite, leche, fideos... Los comedores estaban en el local de la iglesia. Se tuvo que habilitar una cocina, donde atendíamos más de 300 niños diarios”, explica María Elena Araya.

“La hambruna fue muy grande –prosigue María Elena-, sobre todo porque en los colegios ya no se daba leche ni almuerzo a los niños. Entonces los niños estaban desnutridos. Ahí trabajamos un par de años en esos comedores y a mí me tocó trabajar haciendo el pan”.

Victoria Plaza también participó en aquellos comedores organizados después del golpe de estado por la parroquia católica en la población. “Nosotras, que éramos más jóvenes, nos preocupábamos de ir a pedir en la vega y de sacarles los piojos a los cabros chicos (niños) porque era terrible como estaban de piojentos por toda la situación. Entonces, nosotras nos preocupábamos de lavarlos, de sacarlos los piojos y de dejarlos en condiciones para que pudieran comer”.

Estos comedores vinculados a la Iglesia funcionaron durante los primeros años de la dictadura. Después, “se abrieron los comprando juntos”, explica María Elena Araya.

“Comprando Juntos”

Según Lina Brisso “el comprando juntos surge en el 81 porque en ese tiempo todas las comunidades cristianas estábamos en la etapa de no estar de brazos cruzados esperando que pasaran las cosas, sino que había que tomar iniciativas, buscar alguna otra cosa para poder subsistir, especialmente los niños. Entonces, una de las iniciativas que surgió fue el comprando juntos, es decir, poder comprar entre varias familias para que nos saliera más barato y a la vez repartirnos lo que necesitábamos”.

“En el 83 hacemos un proyecto con el padre Pierre Dubois y Cáritas y nos resulta y probamos un sistema de comprando juntos con bonos, una cosa bien difícil de explicar. Llegamos hasta el punto de poder abastecer nosotros la olla común porque llegaba dinero de apoyo a la olla común. Nosotros comprábamos los alimentos no perecibles y ellos los iban a retirar al comprando juntos para que hubiera un control de entrega de todo”, detalla Lina.

“El almacén del comprando juntos –añade- era una bodega de la parroquia. Siempre ha sido más seguro y antes era por los allanamientos porque si (los soldados o los carabineros) allanaban una casa y encontraban una pieza (habitación) llena de cosas, no iban a creer que era de una organización, se las iban a llevar”. La experiencia del comprando juntos se mantiene aún hoy en día, aunque “llegamos a ser 600 familias y ahora seremos unas veinticinco”, indica.

“Cocinando juntos”

Lina también participó en otra experiencia común en la lucha por la sobrevivencia. Ella llegó en 1980 con su familia a la población La Victoria, donde “me tocó vivir de nuevo una recesión que hubo a nivel también, no es cierto, internacional”.

Así fue. En 1981 y 1982, el PIB chileno cayó un 14,1%, el desempleo se triplicó y pasó del 11,1% al 33% y la inflación se elevó del 9,5% al 20,7%4. Además, la deuda externa chilena pasó de 4.854 millones de dólares en 1975 a 15.552 en 1981, momento en que era la mayor per cápita de toda América Latina.

Como el marido de Lina apenas ganaba cuatro mil pesos mensuales, “que era una miseria, no nos alcanzaba para nada”, “en el año 81 o 82 nosotros, por intermedio de la comunidad cristiana, nos organizamos con otras dos familias y cocinamos juntos. Una experiencia superbuena, seis meses”.

“Fue bien duro –reconoce Lina- porque a uno le cuesta dar a conocer su intimidad delante de los demás. Cocinábamos cada día en una casa. Entonces, era una etapa que había que superar, pero era bueno porque entre las tres familias aportábamos y, si de repente una no tenía, no importaba, aportaban las que tenían y, si alguna tenía que llevar los niños al policlínico no importaba tampoco, las demás ayudaban... Nosotros nos complementamos superbien y fue una experiencia que lamentablemente los demás no quisieron...”

La olla común

En 1980 las pobladoras de La Victoria organizaron una olla común, que perduró hasta 1986. Eran las mujeres quienes realizaban la mayoría de las tareas, aunque también contribuían en las tareas algunos hombres.

Victoria Plaza participó en ella. “La olla común –explica- era muy similar a los comedores intantiles que tenía la Iglesia, pero eso ya fue a nivel de las organizaciones sociales de la población. Era muy similar: íbamos aquí a pedir a la vega y llegaba también un fondo del extranjero para la leche. Se hacía una comida al día y generalmente, se cocinaban porotos (judías). Allí se comenzaba haciendo un fondo de comida, no sé cuántos litros era un fondo y terminamos con tres fondos. Venía de cualquier lado de la población gente a buscar porotos”.

Como explica esta pobladora, la creación de la olla común coincidió con el renacimiento de las organizaciones sociales y políticas de izquierdas. A partir de principios de los años 80, éstas, encabezadas por un Partido Comunista que lanzó su línea política de la Rebelión Popular de Masas, empezaron a movilizar a la población contra la dictadura. Expresión de ello fueron las Protestas Nacionales, que reunían en las calles de todo el país a centenares de miles de personas.

El papel de los pobladores fue muy importante en la lucha por la recuperación de la democracia y la libertad. La población La Victoria se convirtió en uno de los símbolos de la resistencia a Pinochet, con sus importantes organizaciones sociales, la olla común, el asesinato del sacerdote francés André Jarlan en septiembre de 1984, sus hermosos murales...

Victoria Plaza recuerda que en la olla común se trató de que “no sólo que la gente viniera a buscar la comida y se fuera, sino que había que empezar a darle alguna formación, sobre todo a la mujer”.

“Costó bastante hacerles un poquito de conciencia de por qué  estábamos en la olla común, por qué teníamos que ir a buscar comida, porque eso de ir con una bolsita, con una olla, ponerse en una cola en la calle a esperar a que repartan la comida, y uno que no está acostumbrado a ese tipo de cosas, era como denigrante, pero eso quisimos cambiarlo un grupo de mujeres. No entregar comida por entregar, sino que tomaran una conciencia clara de por qué pasa eso. Costó harto”.

“En la misma olla empezábamos a conversar, dentro de las filas. Por ejemplo, había una marcha (manifestación) en el centro, entonces muchas mujeres decían ‘yo tengo terrror, no quiero ir, esas cosas a mí me dan miedo’. Entonces, les decíamos: ‘Mucho más terror tenemos que tener a esto: a estar en esta cola y seguir en esta cola toda la vida. Tenemos que salir, tenemos que empezar a protestar, a exigir que nuestros maridos tengan trabajo’. Eran como cosas muy de hormiga, muy difíciles, pero no imposibles”.

Esta tarea dio sus frutos, explica Victoria: “Cuando empiezan las Protestas (convocadas por los sindicatos y los partidos de la oposición a la dictadura) en el año 83, la gente empieza a salir a las calles, empieza a perder el temor y las primeras que pierden el temor son las mujeres”. De hecho, la primera víctima de la represión durante las Protestas fue un joven poblador de La Victoria, Andrés Fuentes, asesinado el 14 de mayo, después de un allanamiento masivo de la población.

El reparto de leche

El 4 de septiembre de 1984 efectivos de Carabineros asesinaron a André Jarlan, párroco francés de La Victoria que se encontraba rezando en su habitación. Su muerte indignó a quienes dentro y fuera de Chile se oponían a la dictadura de Pinochet. El nombre de la población La Victoria se asomó a las páginas de la prensa mundial y su lucha despertó la solidaridad de muchas personas. Así, llegó a La Victoria una ayuda económica procedente del extranjero.

El padre Pierre Dubois decidió que se comprara leche para que se distribuyera entre los niños. “El padre Pierre llamó a mi marido y le dijo: ‘hazte cargo tú de darle la leche a los niños, pero que se organicen en las cuadras’ (manzanas). Llegaron a estar organizadas 96 cuadras dentro de la población y se juntaban tres, cuatro mamás de esa cuadra y preparaban la leche y la entregaban a todos los niñitos de la cuadra. Creo que es un trabajo también bonito porque se unieron”, recuerda Nelly Gallegos.

Por su parte, Lina añade que “antes de empezar el programa del reparto de leche, una doctora que apoyaba hizo todo un trabajo de revisar a los niños, pesarlos, verles la talla... Entonces, quería ver si después de un tiempo en que se estaba dando la leche, se había superado algo. Entonces, los niños que necesitaban más se les aumentaba la cantidad de gramos de leche. Fue un trabajo bien serio”.

Conclusiones

En este trabajo he querido recuperar la memoria de las mujeres de una humilde población de la región metropolitana de Santiago de Chile, su lucha por la sobrevivencia durante la dictadura de Pinochet.

La Historia casi siempre centra su atención en los grandes actores de los procesos históricos y olvida, incluso oculta, el papel de “los de abajo”, quienes, en opinión del Presidente Salvador Allende, son los verdaderos protagonistas, como afirmara en su último discurso al pueblo chileno aquel negro 11 de septiembre de 1973.

La historia de la población La Victoria es la historia de millones de chilenos en el último medio siglo. La lucha por unas condiciones de vida dignas, su compromiso con la causa de la izquierda revolucionaria, las ilusiones depositadas en el gobierno de la Unidad Popular, la represión desencadenada por Pinochet y sus secuaces, la lucha sacrificada contra la dictadura...

“Nosotros durante la dictadura descubrimos, no sé si sería verdad, que para la dictadura era importante tener al pueblo alrededor de qué hacer de comer.

Entonces, no nos daba tiempo para pensar en otra cosa: cómo liberarnos, cómo ponernos de pie, sino que todos los días pensando qué hacemos, cómo nos movemos. En este tiempo nosotros lo veíamos como una táctica de la dictadura: tenernos con hambre, tenernos sin trabajo para no pensar”, afirma Eliana Olate.

Chile lleva ya diez años de transición. Una transición acordada por la Concertación (alianza de socialistas y democratacristianos que gobierna el país desde 1990) y la dictadura. Un pacto que posibilita que la gran mayoría de los responsables de las violaciones de los derechos humanos estén libres, que el Gobierno haya perpetuado el modelo socioeconómico neoliberal impuesto a sangre y fuego por los militares, que existan nueve senadores designados y uno vitalicio en un parlamento antidemocrático conformado a partir de la ley electoral binominal elaborada por la dictadura. Además, el Ejecutivo no ha cambiado el Código del Trabajo pinochetista, que niega el derecho a la huelga y persigue a los sindicatos.

Asimismo, hoy en Chile el 20% más pobre de la población tiene menos ingresos que al final de la dictadura. El desempleo asciende al 25% de la población activa (más de 1.700.000 trabajadores están cesantes). En este contexto, las tomas de terrenos y las ollas comunes perviven hoy en aquel país ante las dificultades extremas que deben afrontar miles de chilenos en su vida cotidiana y por la vulneración de los derechos sociales que origina el modelo económico neoliberal.

- Pobladoras entrevistadas

• Lina Brisso: Llegó a La Victoria con sus padres poco después de la toma de los terrenos. Está casada y tiene dos hijas. No milita en ninguna organización política. Trabajó como secretaria en una empresa textil entre 1966 y 1970.
• Lily Pérez: Llegó en 1970 a La Victoria. Está casada y con cuatro hijos. No milita en ningún partido político, pero asegura que “somos de izquierda”. Hasta 1975 trabajó en un hospital infantil.
• Eliana Olate: Lleva 38 años en La Victoria. Está casada y tiene tres hijos. No milita en ningún partido. Trabaja como monitora de desarrollo personal y trabajo corporal para mujeres.
• Blanca Johnson: Participó en la toma del terreno. Es viuda y tiene cuatro hijos. No milita en ningún partido. Trabajó en un policlínico de salud mental.
• Victoria Plaza: está casada y tiene una hija. Llegó a La Victoria en 1972. Estuvo detenida después del golpe de estado. “Soy militante política de un partido de izquierda, en estos momentos no estoy activa por razones equis. Era empleada fiscal, trabajé en el SERMENA (Servicio Médico Nacional) y para el golpe me echaron”, explica.
• Alicia Cáceres: Vive en La Victoria desde semanas después de la toma de los terrenos. Está casada y tiene tres hijos. Milita en el partido de Izquierda Cristiana y trabaja en una guardería. Varios de sus familiares fueron asesinados por la dictadura.
• María Elena Araya: Participó en la toma de los terrenos que dieron lugar a la población La Victoria. Está casada y tiene cuatro hijos. No milita en ningún partido político, “pero soy de izquierdas”. Trabajó en una fábrica textil.
• Nelly Gallegos: Participó en el nacimiento de La Victoria. Está casada, tuvo tres hijos, pero uno de ellos, Miguel Ángel Zabala Gallegos, murió como consecuencia de la represión de la dictadura militar. Entre 1955 y 1961 trabajó en la industria textil Yarur.

- Notas

1. Revista Punto Final, n°451. 6 de agosto de 1999. p. 13.
2. Moulian, Tomás: Chile Actual. Anatomía de un mito. LOM Ediciones. Santiago de Chile, 1997.
pp. 204-205.
3. Labbé, Dominique y Montes, Arturo: “L’inflation au Chili (1973-1976) et les problémes de
croissance économique”. Problémes d’Amérique latine, n° 46. París, 12 de diciembre de 1977. pp.
45-46. Citado en Guillaudat, Patrick y Mouterde, Pierre: Los movimientos sociales en Chile, 1973-
1993. LOM Ediciones. Santiago de Chile, 1988. pp. 84-85 y p. 132.