Afuera de la habitación 352 del Hospital Clínico de la Universidad Católica una familia espera visitar al padre Pierre. Una hija y sus padres, tan viejos y hermosos como el sacerdote. Son de Coronel, pero ahora viven en Santiago. Lo conocieron por los años sesenta, en la Octava Región. “Él era párroco de la iglesia de Coronel. Me acuerdo cuando nos llevaba a todos los niños en una renoleta”, dice la mujer. Entran a verlo: “Hola padre”. Su cuerpo gacho por los años se yergue sonriente lleno de nostalgias entre aparatos y almohadas. Pese al cansancio de su padecimiento, se arrima como puede para recibir a estos viejos amigos que el tiempo le ha devuelto, y se queda con ellos, urdiendo historias, con la presencia curtida de carbón minero.
“A lo que él se recupere bien, le vamos a hacer un recibimiento y celebrar el año más de sacerdocio. Se lo íbamos a hacer el domingo pasado, pero justo se enfermó”, dice Ricardo Díaz, amigo y poblador de La Victoria. Todos se preparan desde septiembre para recibirlo de vuelta en su población querida, pero su retorno se demoró porque la casa a donde se iría a vivir no aún no está terminada.
No basta con rezar
“Me parece que como han muerto tantos, que muera un sacerdote también está bien. Nosotros debemos morir con el pueblo”, le dijo Raúl Silva Henríquez a un periodista, con la cara mustia de dolor. El día anterior el padre André Jarlán, había sido asesinado y el ex cardenal visitaba -en una herida población La Victoria- a Pierre Dubois, párroco del lugar y compañero de André. Corría 1984.
Veinticinco años después, el rostro firme de Pierre se tiende en una cama de hospital, sujetado por arrugas fraternales y ojos suaves como el agua. Tiene 78 años, y hace doce días está internado. El 15 de diciembre, la infección urinaria que padecía derivó a una septicemia generalizada, arrastrándolo al centro de asistencia en estado de gravedad. “Ahora está mucho mejor”, dice Ricardo Díaz, su amigo. “A veces se sienta en la silla. Está bastante bien de ánimo y quiere puro salir de ahí para volver a La Victoria”.
Fue en un reportaje de TVN que Pierre recordó el día que creyó que iba a morir. Fue el 4 de septiembre de 1984. “Tuvimos una eucaristía muy, muy fuerte, muy emotiva, porque uno tenía el sentido de que iba a pasar algo, yo estaba convencido de que era mi último día”, decía en aquella crónica. Eran las 8:00 de la mañana en la población La Victoria de la comuna de Pedro Aguirre Cerda, y con una misa celebrada por los padres André Jarlán y Pierre Dubois, comenzó el primer día de la jornada nacional de protesta pacífica. El llamado del comité organizador era no mandar a los niños al colegio, tocar cacerolas y reunirse en comunidad. Ocho personas murieron durante esas movilizaciones.
Los curas de La Victoria
Pierre Dubois nació en Plombieres, al norte de Francia, y se volvió sacerdote diocesano. Al servicio del pueblo y siguiendo el ejemplo de Cristo, pisó tierra chilena por primera vez en 1963 y se unió a la Juventud Obrera Católica. Su palabra llamaba al amor en acciones colectivas, a no actuar solo, fomentando el desarrollo de la comunidad como método de lucha y superación. Él llegó a La Victoria a forjar estos valores cuando, tras el golpe militar, los párrocos de la población debieron abandonar el país, y Pierre volvió de Francia para reemplazarlos.
Allí conoció a André Jarlán. En febrero de 1983, Pierre se instaló a trabajar en la Parroquia Nuestra Señora de La Victoria, abrigando la solidaridad y la preocupación por el otro, como armas para derrocar el régimen militar. En los días de protestas, mientras Jarlán se ocupaba de curar a los heridos, Dubois salía a las calles, agitando los brazos en medio de gases lacrimógenos, instando a los pobladores para que no lanzaran piedras y expulsando a gritos a los efectivos policiales. Predicando con la palabra, en una de esas manifestaciones, fue detenido y golpeado brutalmente por carabineros.
El 4 de septiembre de 1984, un batallón de uniformados completamente armados entró a La Victoria. Uno de ellos descargó su metralleta contra un grupo de periodistas que corrían a refugiarse a la casa de los curas, en donde André Jarlán leía su Biblia después de una jornada en la que atendió a 27 heridos. Dos balas impactaron la capilla de los sacerdotes. Pierre corrió al segundo piso llamando a Jarlán. Pero éste no le contestó. Un proyectil en el cuello dejó su cabeza reposando eternamente sobre el salmo 129.
“Es el precio que hay que estar dispuesto a pagar. André lo vivió por la ofrenda de su vida y lo enseñó con sus palabras”, escribió Pierre en recuerdo de su amigo. El asesinato de Jarlán recorrió el mundo entero. La población La Victoria se asomó a las páginas de la prensa mundial y acaparó la atención extranjera. Así llegó ayuda económica desde fuera del país. El padre Pierre dispuso el dinero para la compra de leche, que se repartió diariamente entre todos los niños de la vecindad.
Para Dubois la muerte de su compañero sirvió para que el mundo supiera que en Chile era cierto que estaban matando gente. Y le enseñó a los pobladores a unificar sus fuerzas, llevando la palabra de la no violencia como bandera de resistencia. “Bendito sea Dios que no nos dio pobreza de conciencia, bendito sea Dios que nos mantiene vivos a pesar de tantos lumazos, tantos gases, tantos balines, tantos perdigones, tantas balas, tanto desprecio. Bendito sea Dios que hace posible que la vida y el amor crezcan donde se siembra muerte y odio. Bendito sea Dios que hace posible la participación y la organización donde se busca atomizar y reprimir”, pregonaba en sus misas Pierre Dubois.
La lección de Dubois
Dos años después, y tras el atentado contra Pinochet, la represión se agudizó. Dubois fue detenido y expulsado del país. En Suiza comenzó a trabajar en la creación de comités de exiliados y logró levantar 21 comunidades en tres países.
A Chile regresó en 1990, pero monseñor Juan Francisco Fresno le ordenó no vivir en la población y radicarse en un hogar para sacerdotes en la comuna de Lo Espejo. Su retorno a La Victoria estaba pronosticado para septiembre de este año y, durante la conmemoración de la muerte de André, fue recibido con emotiva alegría. El padre Pierre había vuelto, pero su nueva casa para vivir aún no estaba lista.
En estos días avanza la remodelación del hogar que albergará a Dubois. Es una vivienda de dos pisos levantada en calle Esfuerzo, compartida con un matrimonio que velará por su cuidado. “Los pobladores también haremos turnos para visitarlo y acompañarlo”, dice Ricardo Díaz al precisar: “A fin de mes la casa estará habilitada para recibirlo”. Hoy, un grupo de trabajadores la restaura y acondiciona en un esfuerzo a puro corazón, financiado por el amor de todos los vecinos. En el primer piso se construye, además, un oratorio, lugar de reflexión para los que quieran ir a visitarlo.
Richard, otro poblador, trabaja manejando un camión. “Cuando yo tenía como veinte años vivía acá en La Victoria y salía a la calle con los cabros. Ahí conocí al padre Pierre”, cuenta. Todos sus amigos se fueron y él también terminó haciendo lo mismo. “Pero no puedo dejar de venir una, dos veces a la semana. Acá yo ayudo en todo lo que pueda, los conozco a todos. Eso nos enseñó el padre”, dice.
La Victoria es la toma más antigua de América Latina, nació de una ocupación de terrenos hace 50 años y hoy en sus calles, de casas bajas, se sacuden las guirnaldas de las fiestas de fin de año. La memoria del padre Jarlán se estampa en sus murales. “Nuestra lucha es cambiar esta realidad, y no acomodarnos a ella”, se lee en uno de ellos. Y en ese sentido, el trabajo del padre Pierre no ha terminado. Con la ilusión de una dictadura derrocada, la miseria de los pobres es mucho más difícil de identificar. Hoy los problemas que consumen las calles de la población tienen que ver con el mercado y el sistema, “con la dictadura económica”, como dice Dubois. El abuso y la explotación son tan violentos como una bala. Y la solución que plantea el sacerdote es la misma que esgrimía en los años ’80: resistir unidos contra los mecanismos de dominación y actuar en conciencia de que a todos nos pasa lo mismo. Saber que ningún problema es individual.
Después de tantos años, La Victoria volverá a recuperar a uno de los padres que perdió. “Es su anhelo. Quiere vivir sus últimos días en la población La Victoria”, cuenta Ricardo Díaz. Es que el fin de Pierre Dubois no estaba en una camilla. Como André, como tantos hombres y mujeres, él sigue batallando por la vida.